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¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano?

A casi un siglo de Chava Flores. Un cronista del pueblo que, a base de humor e ingenio, construyó momentos inolvidables.

Leonardo González / GM5
@leoreydelflow

Mi papá era bien chistoso; yo soy uno de sus chistes
Chava Flores

A veces, cuando se nos pregunta quiénes son los mexicanos más sobresalientes, nos vamos son la finta de los grandes premios; elegimos a Paz, a Frida Kahlo, a Pedro Infante… Tal vez las nuevas generaciones elijan a Iñárritu, a Gael o, incluso, a Rafa Márquez o al Chicharito. Sin embargo, hay personajes que, a pesar de no tener el reconocimiento bárbaro de otros, merecen un lugar entre las vacas sagradas que representan a este país, dícese en artes, deporte, o cualquier aspecto relevante para el desarrollo nacional.

Chava Flores, costurero, cantante de cabaret, alburero de corazón, es una figura que, en especial el Distrito Federal, no puede ni debe olvidar.

Nacido un 14 de enero (1920) en el colorido barrio de La Merced, se dedicó a retratar los rincones que exploraba: la Roma, la Pensil, Santa María la Ribera, el Centro Histórico.

Salvador Flores Rivera pasó los primeros años de su vida de trabajo en trabajo; de una salchichonería a vender artículos de puerta en puerta, de una camisería a vivir de las cobranzas. A consecuencia de su empeño, después de su empleo en una ferretería buscó la suerte en una imprenta, comenzando su proyecto Álbum de oro de la canción, donde se muestran distintas canciones nacionales; impresión quincenal que mostraba la afición de Chava. Con el tiempo, la publicación mutó en una serie de cuadernos del mismo nombre que, junto con el Cancionero Picot, daban muestra del bagaje musical del país.

Gracias a su trato con compositores, Flores obtiene la experiencia necesaria y debuta como compositor con Dos horas de balazos y La tertulia, a los 32 años. De allí todo fue viento en popa, grabó LPs, apareció en siete películas y publicó dos libros. Su fama se extendió hasta EEUA y Lationamérica. Sus canciones fueron interpretadas por artistas como Pedro Infante, Tin Tán, José Alfredo Jiménez y Víctor Iturbe “el Pirulí”. Esos fueron los alcances de Salvador “Chava” Flores, cantautor del pueblo.

La relevancia de su obra repasa todos los estratos sociales (sobretodo los más bajos), el pueblo y la ciudad, canciones de rateros, de sirvientas y de bodas pintorescas; Flores, sin duda conocía y estaba orgulloso de sus raíces.

Así, tomando en cuenta la originalidad, el humorismo y el poder de sus líricas, el reconocimiento que obtuvo queda corto, no hay justicia para un hombre que bien podría ser el mejor compositor mexicano del siglo veinte. Un artista que retrata desde el caos de la ciudad (Sábado Distrito Federal) y la vida popular (Los pulques de Apan), hasta la metamorfosis de un país en construcción (Voy en el metro) y un país que desaparece pues, citando al propio Chava, “[…]hoy mi México es bello, como nunca lo fue, pero cuando era niño, tenía mi México un no sé qué.”

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