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El círculo roto: el sueño americano visto desde el primer mundo

En una mes en que el cine extranjero está inundando el país, llega la cereza del pastel con una producción inteligente, sensible y entretenida.

Leonardo González/GM5

@leoreydelflow

 

Como tristemente ocurre en nuestro país, algunas de las mejores películas pasan desapercibidas debido a la poca convocatoria que generan a comparación de las producciones de Hollywood. Es triste ver cómo algunas películas propositivas se programan en los peores horarios y en apenas unas cuantas salas. Eso si se da el caso. Otro de los problemas que tenemos con la difusión de estas obras es la tardanza con que llegan a territorio mexicano.

 

Esta situación se repite con “El círculo roto”, película de Felix Van Groeningen, de 2012, que incluso fuera nominada como “Mejor película extranjera” para los premios de la Academia, así como ganar preseas en el Tribecca Film Festival por la actuación de su protagonista, Veerle Baetens, además de por su resaltable edición.

 

La película es una mezcla extraña y agradable de la añoranza de una mejor vida con tintes dramáticos, aunque justificados. La historia se desarrolla en el oeste de Europa —Bélgica, para ser más precisos— por lo que el público podrá descubrir nuevos paisajes, un idioma poco familiar y una concepción de la vida algo alejada de la nuestra, aunque no del todo desconocida.

 

Es difícil encasillar esta película como perteneciente a un solo género. La historia viaja entre la historia de dos amantes que se embarcan en una aventura hacia su sueño, que es asentarse como artistas de música country. A medida que la película fluye, las aspiraciones por viajar a los Estados Unidos —hogar del country, y el bluegrass— se hacen presentes.

 

Aunado a ello, cuando todo parece ir viento en popa, el cáncer de su única hija hace que la trama adopte tintes más inclinados al drama, a la introspección y a preguntarse el por qué de la injusticia en la vida. Esto sin que la música desaparezca en ningún momento del ambiente. Aunque las demás ilusiones se difuminen, esta prevalece.

 

Por razones obvias, esta película remite a filmes como “Balada de un hombre común” (Joel/Ethan Cohen, 2013), debido a la melancolía emitida y a su relación con la música folclórica norteamericana. También podría compararse con un sinfín de historias cliché del cine, donde el objeto de tristeza es la impotencia por no poder salvar a los tuyos—véase “John Q” (Nick Cassavetes, 2002) .

 

Lo resaltable de la película es la forma en que la estética juega su papel y, en vez de ser sólo un elemento de apoyo, funciona como un reflejo de las emociones mostradas durante las casi dos horas de duración de la misma. Además, la música es el móvil de todo, y de eso no hay que olvidarnos. Si bien los sucesos adyacentes marcan el rumbo de la historia, el score y la banda sonora son el alfa y el omega; la excusa de donde parte todo, creando así un collage de imaginería y sonido bastante ingenioso.

 

Así pues, otro de los grandes aciertos de este filme es que su público potencial no se reduce a quien guste del cine de arte. Es decir, aunque es una película con tintes bastante cultos, resulta ligera y agradable para quien siga la música folk o, incluso, para ese público amante del drama al cual ya no le basta con historias predecibles. “El círculo roto” es una buena excusa para darle una oportunidad al cine extranjero que, como siempre en México, llega tarde, pero seguro.

 

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