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La dictadura perfecta: seguimos luchando contra corriente

Luis Estrada trae una producción más descarada, más ambiciosa y mucho más incómoda. El boicot y la censura la acompañan, y nosotros no podemos esperar a que se estrene

Leonardo González/GM5

@leoreydelflow

Han pasado 14 años desde que Luis Estrada conmocionara al país con su reveladora y satírica “La ley de Herodes”. Hasta el día de hoy, México ha tenido tres presidentes más ―contando al actual― y ha visto un sinnúmero de cambios en cuestiones políticas, mediáticas y sociales. El país cambió, sí, pero existen aspectos que nunca nos abandonaron…

 

“La dictadura perfecta” comenzó a escribirse hace ya un par de años. El golpe que “El infierno” (2010) atestara parecía insuperable, además del revuelo y molestia que provocó en los altos mandos en aquellas fechas; sin embargo, Estrada, el genio detrás del lente, regresó para confirmarnos que en esto de la sátira nuestra nación todavía tiene mucha tela de dónde cortar.

 

14 años, sí. Ca-tor-ce. Y aun así, las películas en México siguen con problemas de distribución, con apoyos retirados, con emboscadas y con la falta de soporte. Todo por miedo al “qué dirán” los verdaderos titiriteros de la sociedad quienes no se lmitan a una silla presidencial o un congreso donde se aprueben leyes.

 

Así pues, como diría Mario Vargas Llosa, vivimos en la dictadura perfecta. Por ello nadie está sorprendido por la reacción de los altos mandos respecto a este nuevo largometraje, donde se retrata en forma satírica la relación televisión/presidencia en nuestro país. Es casi triste, a su vez, que nadie del público se sorprenda con la temática de la historia. Porque eso sí, la película te va a hacer reír, pero eso dista mucho de sorprendernos. Y eso provoca más tristeza: en nuestro México, a nosotros ya nada nos sorprende.

 

Si bien Luis Estrada pareciera (y es) un director por demás respetado y con un trabajo sólido en nuestro país, su película ha tenido que luchar contra toda clase de vicisitudes para poder ver su estreno. Esto se debe a que la temática abordada en ella pasó sus propios límites. Aunque el público probablemente hubiera recibido con cierta alegría una versión actualizada de “El infierno”, el oriundo del Distrito Federal no se conformó con ello, y nos trae una película que superó los temas que el mismo director había abordado. Ya había hablado de política, por supuesto. Sin embargo, ahora fue que despertó al león dormido: la televisión.

 

La nueva obra de Estrada resulta diferente a de sus producciones anteriores en más de un sentido. He aquí algunas de las razones por las que esta película es obligatoria para ti, así como para cualquier miembro de nuestra sociedad, cualquier inconforme, cualquier rebelde…
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La temática

Estrada es ese director incómodo para la derecha, y constantemente caricaturiza a las vacas sagradas de la política—eso no es nada nuevo. Ahora bien, lo que sí resulta distinto es que el espectro que aborda es mucho más ambicioso. Este ilimitado director no se detuvo a cortar cabezas o a señalar a cierta corriente o partido político. En esta ocasión, el director amalgama en una misma historia distintos ámbitos en los que el poder se alcanza atravesando un túnel lleno de basura, a la usanza de Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994). Ejemplo claro de ello es la televisión y la forma en que puede manipular la información, de manera que llegue a conmover al público y a hacerlo olvidar asuntos de importancia.

 

Gracias a a que aborda y junta estos dos espectros, la historia resulta mucho más compleja que las muestras pasadas del director, saltando a un ámbito más amplio, en contraposición con filmes como “La ley de Herodes”, donde el ambiente en que se desarrolla es mas cerrado, ecléctico, provocando que la historia —sin carecer de genialidad— resulte sencilla. En esta ocasión, la universalidad de la película repercute incluso en el número de personajes, que es superior a lo que estábamos acostumbrados. Así, se dan distintos rostros de los problemas y tanto se pone en tela de juicio a los políticos y a los poderosos de cuello blanco como a la sociedad misma, haciéndonos dudar de si tenemos a los políticos que merecemos.

 

El reparto

Desde “El callejón de los milagros” (Jorge Fons, 1995) no se había juntado un reparto tan espectacular como el que utiliza “La dictadura perfecta”. Algunos de los integrantes son viejos conocidos del director—Damián Alcázar, Joaquín Cosio y Salvador Sánchez, quienes reafirman por qué sus colaboraciones siguen siendo imprescindibles para el cine mexicano, mientras las incursiones de actores como Saúl Lisazo y María Rojo demuestran el renombre del que se ha hecho el director. A su vez, Osvaldo Benavides, Alfonso Herrera y Tony Dalton traen un grado de frescura al filme, que nos recuerda que esto también es para reírse un rato de la desgracia; en palabras del mismo Herrera, es “peligrosamente divertido”.

 

Música y fotografía

Javier Aguirresarobe es uno de los directores de fotografía más respetados de la industria. Su trabajo abarca títulos como “Hable con ella” (Pedro Almodóvar, 2002) o “Blue Jasmine” (Woody Allen, 2013). La aportación visual que da a la película es resaltable, haciendo que la opinión final no sólo recaiga en el guión —no obstante su gran calidad— sino que, junto a este, componen un resultado mucho más completo.

 

En cuanto a la música se refiere, la selección de pistas es bastante atinada. Utilizando composiciones clásicas a la usanza de “La naranja mecánica” de Kubrick, esta cinta nos remite a un escenario distópico, en el cual uno no puede evitar reír gracias al sarcasmo impreso hasta en el detalle más mínimo. Los escenarios, en conjunto con la música, en ocasiones homenajean a Kubrick así como a los descarados diálogos y situaciones de su anti-héroe, Alex DeLarge.

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Censura

Si bien el hecho de que una historia sea censurada o no, debería parecernos algo sin importancia; es bien sabido que muchas veces esto es la mejor forma de publicidad posible. Esta película tiene riesgos menores de sufrir estas restricciones; sin embargo, siempre es interesante conocer por qué una historia u otra resultan incómodas para los apoderados.

 

Así, si aún tienen dudas ya sea del reparto, de la originalidad de Estrada o de el tema en sí, la única respuesta posible llegará al momento de ver esta producción y seguir apoyando al cine nacional que, por cierto, tenemos bastante olvidado. Además, una cosa es segura, este filme les traerá sentimientos encontrados—van a pasar de la risa a la indignación y del enojo al alivio. Todo en poco más de dos horas. No les van a decir nada que no se imaginen, pero es mejor no dejarlo en el olvido. Por ello, ver “La dictadura perfecta” será una decisión más que sabia.

Finalmente, cabe resaltar que, aunque vivimos en una sociedad donde los medios de difusión se dispersan más y más, y donde todos vamos adquiriendo el poder de elección en cuanto a los contenidos que deseamos ver (podemos elegir entre las redes sociales, periódicos, televisión abierta, de paga…), Estrada colocó el dedo en la llaga, recordándonos cuánta fuerza tiene la televisión en esta sociedad.

 

Probablemente las cosas cambien cuando México mejore y deje de ser un país pobre, y entonces la gente tenga acceso a más opciones que las que se le otorgan de manera gratuita—si es que eso sucede. Cuando los ciudadanos puedan y dejen de ver esta información como la única opción que tienen. Mientras tanto, queda claro que el poder sigue quedándose en casa, y que los juegos de política ya no son exclusivos de la gente de leyes… como dice Saúl Lisazo en la película, al momento de cerrar su noticiero: nada importa en realidad, todos son iguales…

“La dictadura perfecta” se estrenará el próximo 16 de octubre en más de 1000 salas de la República Mexicana. ¡Espérenla!

 

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