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EL FRACASO DEL ESTADO-EMPRESARIO: Juan José Rodríguez Prats (Opinión)

“Tanta sociedad como sea posible, tanto Estado como sea necesario.”
Principio de subsidiariedad

Juan José Rodríguez Prats / Colaboración

Ninguna reforma en nuestro país ha sido tan discutida, manoseada, postergada, distorsionada y vilipendiada como la del sector energía, justo la más necesaria en todos los órdenes si se quiere evitar una crisis de resultados devastadores.

Inició el debate desde las negociaciones del TLC, cuando se reformó la Ley de Servicio Público de Energía Eléctrica para permitir esquemas de inversión privada que en lo sustancial violaban el artículo 27 constitucional. Por diversas causas, no se concretaron las posteriores propuestas, alcanzándose finalmente el consenso en el sexenio pasado. Hoy, para nuestro infortunio, hay preocupantes señales de retroceso.

Hagamos un poco de historia.

Acudo a un gran mexicano a quien nadie le puede negar autoridad en la materia. Don Jesús Silva Herzog, en su libro Una vida en la vida de México, relata sus experiencias como funcionario de la entonces recién creada empresa Pemex:

“En aquellos tiempos los lidercitos de los obreros no habían entendido cabalmente la importancia y el objeto trascendental de la expropiación no faltando quienes pensaran que se había hecho para su beneficio exclusivo. Las condiciones financieras de Petróleos Mexicanos eran muy difíciles a principios de julio de 1940 pues el déficit iba aumentando constantemente. Se lo hice saber al presidente Cárdenas quien ignoraba la verdadera situación de la empresa o empresas. Le dije que era absolutamente necesario reducir gastos… agregué que si era menester debíamos plantear un conflicto de orden económico ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje… el 8 de agosto envié mi renuncia al presidente Cárdenas…”.

Los gobiernos de Ávila Camacho y Miguel Alemán le pagaron hasta la risa a las empresas expropiadas. La producción alcanzada en 1921 de más de 200 millones de barriles al año se superó hasta 1973. A diferencia de la empresa privada, cuyo fin es obtener utilidades, la pública no tiene claros sus fines. La “empleomanía” se multiplicó, las designaciones de sus dirigencias se hacen con criterios equivocados, el sindicalismo incurrió en abusos descomunales y la corrupción penetró hasta la médula.

Lázaro Cárdenas, en sus memorias, insistía en que el objetivo fundamental era alcanzar lo que se dio en llamar soberanía energética. Cruel paradoja, estamos más lejos que nunca de la autosuficiencia. Nuestra carta magna utiliza muchos conceptos equivocados, quizá el peor sea el de “áreas estratégicas”, pues nunca se definió por qué estas se consideraron exclusivas del Estado.

El presidente López Obrador afirma: “Pemex está mejor que en los últimos 30 años”, pero también asegura que es “una empresa saqueada en la época neoliberal”. Entonces, ¿cuándo sucedió el milagro, quién lo hizo, en qué consistió? Yo sostengo que el mayor daño a Pemex se dio en el gobierno de López Portillo, cuando las finanzas públicas fueron petrolizadas y se disparó la deuda dando como garantía nuestras reservas de hidrocarburos. Como consecuencia de las torpes e irresponsables decisiones de 1981, perdimos mercado y caímos en una crisis de la que todavía no nos hemos recuperado.

De acuerdo con AMLO, “no llegó la inversión extranjera y no se invirtió en Pemex”. La reforma, que se debió haber hecho desde la década de los 90, se aprobó hace cuatro años. Esperar resultados en tan corto plazo es ignorar su enorme complejidad. El dilema hoy es claro: o se le invierten recursos fiscales a la paraestatal que sobradamente ha demostrado su ineficiencia o se impulsa con todo vigor la reforma ya aprobada.

Ojalá se actúe con responsabilidad y no sigamos profundizando nuestra grave dependencia.

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