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«NUMERALES Y CREDIBILIDAD.». Por: Roberto Cienfuegos Jimenez. (Opinión)

 

Singladura

 

 

 

Roberto Cienfuegos J. /  Colaboración para Revista GM5

ro.cienfuegos@gmail.com

A ver. La confianza entre gobernados y gobernantes sólo puede construirse, preservarse y más aún crecer con base en la veracidad del discurso o mensaje, sustentado por supuesto en la realidad objetiva, medible y comprobable.

Aludo claro al informe –según lo denominó el presidente López Obrador en una mampara que hizo colocar a sus espaldas en la ceremonia en Palacio Nacional- al pueblo de México sobre sus nueve primeros meses de gestión. No fue propiamente un informe, una obligación del presidente prevista por la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Tampoco fue un tercer informe. En el mejor de los casos fue un discurso, político por supuesto, a los mexicanos.

El informe del presidente al Congreso de la Unión –que representa la soberanía popular, al menos formalmente- fue entregado por la titular de Gobernación, Olga Sánchez Cordero. Se cumplió así la obligación legal del jefe del Ejecutivo mexicano.

En consecuencia, no había ni existe motivo o razón para decir equivocada o malintencionadamente que el mensaje fue un informe y tampoco para hacerlo pasar como un tercer informe.

Este largo prefacio viene al punto porque hay al parecer y conforme la evidencia una intencionalidad de encubrir la realidad, de alterarla al menos en el discurso. Un jefe de Estado, cualquiera que éste sea, debería ajustarse simple y llanamente a la realidad. Cualquier intento por omitirla o alterarla mediante el uso del discurso y no de los hechos, siempre genera consecuencias o efectos adversos, negativos, así sea al tiempo. Entre éstos y quizá el más grave, un socavamiento directo de la credibilidad. No debería asumirse semejante riesgo porque siempre, siempre, la realidad termina imponiéndose, y los costos de esto para un político, dirigente o guía son elevadísimos y aún peligrosos para sí. Nada hay peor para un político que la mengua o merma de su credibilidad política. Ejemplos recientes de esto abundan en México, y las consecuencias resultan invariablemente devastadoras.

Estos apuntes también aluden a parte del mensaje presidencial de la víspera en Palacio Nacional. Argumentó el presidente López Obrador por ejemplo que “ya existe un auténtico estado de derecho” en México. ¡Gulp! Déjeme decirle que no hay forma de acreditar esta afirmación temeraria, más aún en boca del Jefe del Ejecutivo.

Podría dar una lista inmensa de ejemplos para exponer que la mayoría de los mexicanos sabemos y sufrimos ahora mismo en carne propia la ausencia de un Estado de derecho. En las cárceles del país se multiplican las evidencias de esa ausencia, aterradora. En las ejecuciones a manos de criminales crecen los ejemplos, en la impunidad se solaza la falta del Estado de Derecho y no se diga en las vendettas políticas. No abundaré. Sólo diré que México aún tiene pendiente la creación de un genuino Estado de Derecho, cuya falta o insuficiencia constituye un verdadero lastre nacional.

Nuestro Primer Mandatario también dijo que poco importa el crecimiento económico del país.

Dijo López Obrador que “un elemento básico de nuestra política es hacer a un lado, poco a poco desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico”. ¿Juzga nuestro presidente como algo “simple” el crecimiento económico? Quizá esa conceptualización explique el inexistente crecimiento al cierre del segundo trimestre de este año, conforme un reporte del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (Inegi).

Insistió: “nosotros consideramos que lo fundamental no es lo cuantitativo, sino la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza”, aun ésta no se genere, o, peor aún, descienda o se achique, se infiere del mensaje presidencial.

Y se fue por las ramas al señalar que “el fin último de un buen gobierno es conseguir la felicidad de la gente”, pero cómo es la pregunta. ¿Repartiendo lo que hay entre más y cada vez más? ¿Haciendo felices a las personas mediante el reparto de limosnas y/o rentas no justificadas con base en el esfuerzo, trabajo o mérito?

Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, científico e inventor, nos dejó dicho que “el mejor medio para hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla”. Eso no se está haciendo en México. ¿Por qué? Lo desconozco y no quiero aventurar una hipótesis, aún ésta pudiera tener sustento en la realidad.

El gran ensayista irlandés y Premio Nobel Bernard Shaw también nos dijo algo que debiéramos ponderar en forma adecuada. Dijo Shaw, un polemista eterno, que «aquel que da dinero que no ha ganado él, es generoso con el trabajo de los demás». Eso está ocurriendo en México bajo el argumento de una mejor distribución de la riqueza nacional. ¿Y las consecuencias? Al tiempo.

Llama la atención sin embargo que el presidente prefiera otras mediciones, tan chocantes, odiosas y sobre todo neoliberales cuando no se trata de evaluar el crecimiento del PIB nacional. Así, por ejemplo, si exaltó a los emigrantes mexicanos en Estados Unidos, que aportaron más de 16 mil millones de dólares en el primer semestre de este año para apuntalar las economías de sus familiares. Trato de “héroes” dio el presidente, tan renuente en otros casos a medir otras variables económicas del país porque resultan incómodas y/o revelan que no todo marcha “requetebién” y hacen infelices a muchos mexicanos. En fin, los numerales del presidente.

 

@RobertoCienfue1

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