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«PALABRA ENVENENADA». Por: Juan José Rodríguez Prats. (Opinión)

 

«Entre la idea y la realidad, entre el movimiento y el acto, cae la sombra».

T. S. Eliot

 

 

 

Juan José Rodríguez Prats / Colaboración para Revista GM5

editor@gm5.com.mx

Parafraseando a Paul Valery, la política ha dejado de ser lo que era. Cada vez es más difícil descifrar qué nos pasa. En el mundo y en México se ven mermadas las ideas y la reflexión para tomar decisiones. Las emociones y las nuevas tecnologías han distorsionado la racionalidad.

El siglo XXI nace con signos de graves retrocesos en las cuestiones fundamentales. Arrancó con el brutal atentado de las Torres Gemelas, siguió (2005) con el rechazo de Francia y Holanda, mediante referéndum, a uno de los mejores documentos jurídicos: la Constitución de Europa. Hagamos un poco de memoria.

Mañana se cumplen 500 años de lo que para muchos historiadores es el nacimiento de nuestra nación. El ocho de noviembre de 1519, en la calzada Iztapalapa, se abrazaron Moctezuma y Hernán Cortés. Deberíamos celebrar con grandes eventos el significado de la unión de dos culturas que se amalgaman y nos definen. Con Cortés venían tres personajes que resultaron claves para conseguir sus propósitos: fray Bartolomé de Olmedo, quien ofició la primera misa e inició la gran hazaña de la evangelización; el náufrago Jerónimo de Aguilar, que hablaba maya y Malintzin, hablante de maya y náhuatl. Estos últimos posibilitaron la comunicación, propiciando, para bien o para mal, un asombroso puente de unión entre las dos civilizaciones.

Por sus biógrafos, José Luis Martínez y Juan Miralles, puede concluirse que Cortés fue, más que un guerrero, un gran conspirador, pues unió a los enemigos de los aztecas para derrotarlos. ¿Por qué la remembranza de nuestros orígenes? Para destacar la importancia de la palabra como instrumento eficaz para darle sentido al hombre.

Hoy, sobre la palabra, además del combate a la corrupción del que tanto se habla y poco se hace, se ciernen cuatro enfermedades: la mentira, el miedo, la deserción del deber cívico y el espíritu faccioso.

Tal vez estemos viviendo un tiempo contrastante con uno de los períodos de mayor optimismo de la humanidad: la Ilustración (fines del siglo XVIII). Todo se esperaba de la razón y el sentido común. Hoy se solapa la mentira, se perdona la falsedad y la simulación. Hasta nuevos términos se crean: “postverdad”, “hechos alternos”, “yo tengo otros datos”. Urge que la verdad recupere su respetabilidad.

A mi edad, cuando ya tengo muy poco que perder, tengo mucho miedo. El triunfo de Trump, la salida del Reino Unido de la Comunidad Europea, el intento de independencia de Cataluña, la represión en Hong Kong, la prolongación de la tragedia venezolana, la reelección de Evo Morales, el desquiciamiento de López Obrador y un largo etcétera cercenan mi vida cotidiana. Por más que intento no enterarme, me torturo con la obsesión de estar informado. Seguro estoy que ese mismo miedo no es tan solo mío.

Efraín González Luna, ideólogo y fundador del PAN, consideraba la deserción del deber cívico como nuestro mayor mal. Es notable la indiferencia de los mexicanos frente a nuestra crisis. Las señales de retroceso son gravísimas y pasarán muchos lustros para superar los atropellos. No nos amenaza el posible retorno del PRI del siglo pasado, es la anarquía y el desorden que solo beneficia al delincuente. Ojalá hubiera un cambio de actitud, no para inmolarse, sino para asumir lo que alguien calificara como la banalidad del heroísmo. La simple y sencilla tarea de cumplir obligaciones y compromisos como ciudadanos.

González Luna también hablaba del espíritu faccioso, cuando se gobierna sin tener en cuenta la preeminencia del interés nacional, cuando prevalecen los intereses de camarillas y la cerrazón del grupo en el poder. Nunca como hoy estamos ante ese peligro. Un hombre se cree dueño de la verdad y hace su capricho. Una burocracia obsecuente cumple sus órdenes.

Perdón amable lector, pero después de 500 años, México camina en el filo de la navaja y eso duele.

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