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«¿CÓMO LLEGAMOS AQUI?» Primera Parte Por: Rafael Urquía. (Opinión)

 

Políticamente incorrecto…

 

 

 

 

Rafael Urquía / Colaboración para Revista GM5

editor@gm5.com.mx

La democracia en México vive el momento más dramático de su historia en décadas. Más allá de la catarata de yerros que hemos visto en la presente administración, y que afectan a la económica y a la seguridad, lo que está en juego es nada menos que la libertad misma de los mexicanos. En todas partes, la libertad siempre tiene enemigos pero, esta vez, el ataque lo encabeza el mismísimo presidente de la república junto con el partido por él creado. ¿El objetivo? La concentración del poder a expensas de la libertad individual, ¿la estrategia? el sometimiento o destrucción de los entes autónomos que hasta ahora habían servido de contrapesos y que garantizaban la continuación inter-temporal de políticas públicas (una de las justificaciones básicas para la existencia del gobierno).

Pero bueno, ¿cómo llegamos a esto? La explicación de bolsillo es que López Obrador, un hombre carismático con personalidad mesiánica sedujo a millones con un discurso que hizo eco en el descontento popular existente. Esto puede ser parcialmente cierto pero, a la luz del respaldo popular y político del que sigue gozando y de los acontecimientos en otras partes de Latinoamérica, la explicación parece sospechosa. En otras palabras: aceptar la explicación de bolsillo es como decir que Miguel Hidalgo fue la causa de la independencia de México sin tomar en cuenta los acontecimientos que se sucedían en otras partes del mundo. En forma similar, los disturbios sociales que estamos presenciando en varios países del hemisferio, así como el surgimiento del independentismo en España podrían estar apuntando hacia un fenómeno de carácter más global. Como siempre, es conveniente hacer un poco de historia.

Luego de la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética hace casi 30 años, parecía que el único camino hacia delante era la integración económica y las democracias liberales, el comunismo había quedado desacreditado cuando no proscrito, y nadie en su sano juicio se habría asumido comunista…aunque no hubieran dejado de serlo. En los países del extinto bloque soviético, en menos de un mes, los partidos comunistas cambiaron de nombre por el de social-demócratas pero sus miembros y dirigentes continuaron siendo los mismos. Al igual que un cáncer o un virus que se combate, el cáncer del comunismo no desapareció, sino que adoptó una forma de “vida latente”. En otros países, los socialistas radicales se moderaron y continuaron participando en política.

En México, la caída del muro de Berlín prácticamente coincide con la toma del gobierno por parte de los tecnócratas durante la segunda mitad del sexenio de Miguel de la Madrid y la renuncia al PRI de los socialistas encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas. A partir de entonces, con avances y tropiezos, los gobiernos de México emprendieron diversas acciones tendientes a consolidar al país como una democracia liberal: T.L.C., privatizaciones, organismos autónomos, etc. Las últimas de estas acciones fueron las famosas Reformas Estructurales en el sexenio de Enrique Peña. Todo lo anterior en beneficio de millones de personas que no alcanzaban cobijo en las corporaciones para-gubernamentales que dominaron la era anterior a Carlos Salinas y dispuestas a competir en mercados libres. Que los mexicanos se sentían beneficiados por el proceso liberalizador quedó evidenciado en la elección del 2000, cuando el voto de castigo en contra del PRI por la devaluación de 1994 y la recesión subsiguiente se canalizó al candidato del centro-derechista PAN y no al icónico Cuauhtémoc Cárdenas del izquierdista PRD.

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