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«Virtudes Políticas». Por: Juan José Rodríguez Prats (Opinión)

«Cada día crece y se vuelve más bronco el caballo, al mismo tiempo que va achicándose el jinete»
Efraín González Luna

 

 

 

 

Juan José Rodríguez Prats / Colaboración para Revista GM5

editor@gm5.com.mx

Como dice Hannah Arendt, “La política existe para garantizar un mínimo de confianza”, por eso requiere de virtudes. Es decir, camina en un sendero empedrado de conductas, decisiones, valores, que fortalecen las relaciones humanas con todo lo que implica: vínculos solidarios, comunicación veraz y fluida, cordialidad en el trato.

No se trata de ser nostálgicos ni de idealizar el pasado ni de cambiar la realidad con leyes. Cada día intentamos resolver problemas… o complicarlos. Nuestro hábitat hoy es la incertidumbre. Una exigencia se decanta claridosamente: cuidemos las palabras. Son nuestro instrumento de trabajo. Reflejan nuestro honor, compromiso, confiabilidad.

Con un discurso político gravemente deteriorado, las voces están vacías y los vocablos envenenados. Nos confunde, nos atemorizan, nos someten. Lo decía bien José Gorostiza en su inagotable poema Muerte sin fin: “Cuando el hombre descubre en sus silencios / que su hermoso lenguaje se le agosta / se le quema –confuso– en la garganta / exhausto de sentido”.

¿Qué decir en el ágora? ¿Cómo disminuir el griterío? ¿Cómo recuperar la credibilidad de nuestros dichos?

Decía Víctor Hugo que los héroes son exuberantes, resultan demasiado caros. Son más baratos los poetas y además alivian las almas. Y aquí inserto el precioso verso de Ramón López Velarde: “Suave patria: te amo no cual mito / sino por tu verdad de pan bendito”.

Sí, la poesía debe venir a nuestro rescate. Nos sensibiliza, nos concentra, desafía nuestra inteligencia, nos revive la esperanza, nos familiariza con el lenguaje y, lo más importante, nos grita persistentemente que el otro existe y es nuestro remedio.

La última encíclica del papa Francisco es poesía y política. Destaco algunas ideas:

• La verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad.
• La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal de las pequeñas seguridades y complicaciones que estrechan el horizonte para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna.
• El futuro no es monotemático, sino que es posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar.
• ¡Armemos a nuestros hijos con las armas del diálogo!
• Enseñémosles la buena batalla del encuentro.
• Todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que se pasan de largo y algo del buen samaritano.

El texto es un luminoso llamado al reencuentro, a la reconciliación, a la solidaridad, entendida “en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares”.

Hoy México se bifurca. Por un lado, un discurso frívolo, improvisado, incongruente. En el otro extremo, un repudio a lo único que nos puede salvar: la política. Con un agravante, la descalificación. No se discuten argumentos, simplemente se le niega al interlocutor todo derecho a sostener su verdad. Estos son los ingredientes que han hundido a los pueblos.

Definiría los tiempos que vivimos como la era del hurgamiento de heridas. Hay que rascar costras, evitar que cicatricen nuestras lastimaduras. Desde luego, es más fácil encender hogueras que apagarlas.

¿Y a qué nos conduce todo esto? A la barbarie. El orden nos disgusta. Pero reafirmo mi convencimiento de que es el primer bien público, en el desorden ninguna política es eficaz. Y ahí estamos. Todas las dependencias, por diversas razones, viven un gran caos. Los costos en el ataque a la corrupción rebasan por mucho lo supuestamente recuperado. Las prioridades están desvanecidas. Los principios, a pesar de su machacona reiteración, están ausentes.

Sí, México grita con angustia su reclamo de que se haga política. Que no vengan los charlatanes de uno y otro bando a presumirnos su arrogancia. Con el alma de la poesía, con la sensibilidad de nuestros hacedores de versos, retornemos a la cordura.

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